Amor

 
Todos ya sabemos el final. No se puede evitar la muerte, nuestro destino seguro e infalible. Todos la sabemos. Distinto es vivirla, ver como se acaba la vida, más cuando no es la propia sino la de alguien que se ama, esa es una historia terrible, y lo terrible se amaña en nuestra sociedad que está tan pendiente de ver. Amor es una historia de amor, la última de todas, la más radical, y es también la crónica de una agonía. Nadie debería ver esto, dice el protagonista, pero lo seguimos viendo, hasta el final, somos voyeuristas, y Haneke está empeñado en continuar mostrándolo todo sin escatimar detalles, así podemos cuestionar aquello que creemos saber, como dijo hace poco. Amor es una magnífica cinta que descubre lo poco que se sabe, o se cree saber, del fin y, lógicamente, del amor.


La primerísima imagen es una intrusión. Los bomberos rompen una puerta para poder entrar a un apartamento; los  vecinos se han quejado por el hedor del lugar. Después de forzar las puertas del cuarto, selladas con cinta de enmascarar, corren las cortinas, abren las ventanas, aunque una estaba abierta ya. En la habitación yace el cuerpo putrefacto de una anciana, Anne (Emmanuel Riva), rodeada de petalos de flores. Es el final. Haneke nos lo muestra para hacernos conscientes de cómo termina el relato, pero también para mostrar que estamos introduciéndonos en el espacio privado de la vida de dos ancianos. Amor va a contar qué sucedió para que la vida de Anne terminará de esa manera, la narración se centra en cómo ocurre la historia y no en impresionar con un inesperado final. Lo que se inicia entonces es un juego de expectativas, pues como espectadores ya empezamos a imaginar causas para explicar la razón para que el cadáver de Anne yazga así.


Georges (Jean-Louis Trintignant) y Anne son una pareja de profesores de música retirados que viven una vejez envidiable. Viven bien y se aman todavía, incluso Georges todavía mantiene un trato galante con Anne. Uno casi podía confundir el que Haneke trate amablemente a un par de burgeses cultos y acomodados. Sin embargo, Anne sufre un primer ataque de una enfermedad degenerativa. Tras una operación fallida la mitad derecha queda paralizada, lo que sólo anuncia una progresiva y acelerada pérdida de todas sus facultades. Anne le hace prometer a Georges, después de la operación, que nunca más la internará en hospital o lugar parecido. Lo que sigue todos lo conocemos hasta cierto punto, en la cinta no habrá concesiones, ni momentos en que a pesar de las dificultades se matize a la agonía. Degeneración y muerte, vista por los ojos de Georges, es todo lo que de Amor. No es gratuito que, después del principio, Haneke se devuelva en el tiempo a un plano que muestra al público de un concierto. Haneke está inviertiendo la perspectiva que nunca se va a centrar en la habitual tarima, sino en un par de personajes de entre nosotros, su acomodado público.


No es casual tampoco que los protagonistas de Amor se llamen Georges y Anne. En buena cantidad de sus films la pareja de casados tienen tales nombres. La clase social a la que se ha dedicado a viviseccionar Haneke en sus películas tiene nombres distinguibles, y uno podía imaginar que con el paso de las cintas se ha les ha ido añadiendo rasgos. La luz más benevolente que se tiene al principio de Amor muestra en Haneke un observador que ha tratado de retratar a una clase -la suya propia- del modo más completo y justo. Esto no significa que en modo alguno Amor suponga un cambio en la incisiva y punzante observación que devela las contradicciones y ocultamientos de sus personajes. Dado que esta nueva cinta es la crónica de una agonía, no obstante, lo que le resulta relevante a Haneke es el proceso mismo y el modo en que sus personajes reaccionan, no lo que ellos puedan ocultar.


La variación que supone Amor en el cine de Haneke se debe a una transformación del sujeto a mostrar. Georges le dice a su hija Eva (Isabelle Huppert) que nadie debe ver aquello - la enfermedad y agonía de Anne. La imagen de una persona todavía saludable debe mantenerse, la enfermedad y la muerte deben mantenerse en la privacidad, sin espectadores, invisible para nosotros que lo vemos hoy casi todo. Haneke filma una historia en la que su presencia es casi que permanente, ya que no hay que conceder nada, hay que mirarlo todo. Amor es un film tremendamente moderno en la medida en que no concede respiro al espectador, ha de mostrarlo todo. Sin dramatizarlo de más, sin añadir justificaciones, al punto de que lo que veamos parezca efectivamente lo que ocurre, el evento en bruto. Haneke es un excelso manipulador para persuadirnos de tal, mas también marca con su realización sus procedimientos, desnuda el artificio. En sus cintas se puede leer una muy directa reflexión sobre los usos del material audiovisual, y Amor no es distinta en ese sentido.


Visibilizar la agonía y el proceso de la enfermedad son tabúes con los que se convive. Mientras no aparecen en los registros audiovisuales, son una parte de nuestra vida. Amor convierte en material aquello que no se suele ver, la mencionada imagen del público antes del concierto casi que marca nuestra posición de intrusos ante un drama privado. En bastantes cintas se ha explicitado tal característica del cine, al punto de que en Peeping Tom un fotógrafo usa su cámara para asesinar, un intruso-asesino. En el cine de Haneke, no obstante, se invierte el modo de entrometerse en vidas ajenas, que lejos de ser placerentero a menudo resulta hiriente. Visto así se puede entender cómo Haneke usa el cine para que su espectador reflexione tanto sobre la vida que lleva como sobre el cine mismo. Se podría decir que es casi una especie de metanarración, pero tal tipo de reflexión sobre el cine está tan integrada a la historia que cuenta que se hace casi indistinguible.


La crónica de la enfermedad, deterioro y parálisis de Anne es el relato de Amor, y aunque Haneke haga de sus herramientas centro de reflexiones explícitas, es la historia lo que nos conmueve del film. El irremediable paso del tiempo del que no deja duda al ver la agonía de quien se quiere. La enfermedad de Anne va dándonos idea de cómo pasa el tiempo en el encierro del apartamento, que de otro modo no sería tan discernible. El tiempo que va llevándonos a uno tras otro. No es una escena menor en la que Georges se ve obligado a asistir a un funeral de un conocido por el que no siente simpatía. Después de asistir, Georges cuenta el patético y risible espectáculo del funeral con ironía pero también con desasosiego. La inminencia de la muerte se vuelve una carga ominosa en lo que todavía podía ser un simple relato humorístico, nada habrá de evitar el final, ni su ridículo.


Aunque al principio haya mencionado las cualidades de Georges, hace falta decir que él está lejos de ser un hombre encantador. A veces es un monstruo, la misma Anne le responde cuando él le pide que lo describa. Cruel, distante, sarcástico,  me atrevo a decir que es casi un personaje de Bernhard, no tan desenfadado, quizás más sensible, pero igualmente lúcido. Amor es, si se me permite, la película más bernhardiana de Haneke. Una pieza de cámara en la que se enfrenta al espectador al desolador espectáculo de la muerte, si bien en el caso de Haneke casi carente de humor, pero también en el borde de la lucidez y el delirio. Los personajes al límite de Bernhard que son llevados al límite, a un punto al que como en el Rey Lear se vuelve  más lúcido entonces, en la más oscura locura. Georges habrá de sumarse a esta galería, como todos han de aprender que nada nos ha de salvar, el patético y ridículo fin llega también a los cultos y acomodados burgueses.


En contraste, el amor que viven Georges y Anne al principio parece ser idílico. Aun con sus diferencias es una pareja que se corresponde en su afecto, al punto de que Georges es fiel a la promesa que le hace a Anne de cuidarla en el apartamento hasta la muerte. Las promesas de este tipo se usan todo el tiempo en las más sentimentales y maniqueas telenovelas, Haneke hace de la promesa un problema práctico. Imaginé, incluso, que se trata de una ironía retorcida al utilizar esa muestra palpable de amor que con el tiempo se convierte en una carga, en una tortura. Pero eso es ir demasiado lejos, porque para el realizador tales actos son auténticos actos de amor. El sufrimiento que pueden conllevar no es ocultado, como se hace en las estereotipadas historias de amor.  De hecho, inteligentemente el director contrasta a la pareja de Georges y Anne con los de su hija Eva y su marido Geoff (William Shimell), cuyo matrimonio es un infierno. La intención no es idealizar , sino ser auténtico con lo que se cuenta. La agonía de un ser humano es objeto de piedad y temor, como clásicamente se decía de la tragedia. Cuando Alexandre (el pianista Alexandre Thauraud haciendo de sí mismo y de púpilo de la pareja) visita a Anne, sin saber de su parálisis, el rostro de horror lo dice todo. Enfrentarse a ciertas realidades es insoportable.


El desenlace tarda, pero llega, y lo que vemos es también que la degeneración aturde a Georges. Con estoicismo lo soporta por buenos tramos, mas es tal el proceso que su propia psiquis se va deteriorando. Es tal el horror que no es extraño buscar explicaciones y símbolos. Haneke incluye un sueño de Georges y una escena en la que Georges parece decidido a matar una paloma que se ha colado en el apartamento, aunque al final no lo hace. Tales secuencias han estado sujetas a interpretaciones, y Haneke no las niega -ni las afirma. Mas creo que todo ello se relaciona con el delirio que empieza a vivir Georges por su situación, abocado a una desconocida soledad. El director no nos está cifrando un significado oculto, está mostrando cómo Georges se va volviendo loco al no soportar lo que vive -esto no es más que mi propia interpretación. La realización del director austríaco nos enfrenta a imágenes, a realidades, que como todo son susceptibles a lecturas y resignificaciones.


Uno podía afirmar que utilizar piezas como el Improptus No. 1 D. 899 de Schubert es un modo muy descarado de aludir a un romanticismo. Pero tal cuestión es natural dado que Georges y Anne son personas que han vivido en un entorno en que tales referentes son omniprescentes. En particular resultan importantes cuando se convierten en trasuntos de lo que sienten los personajes. La secuencia más enigmática de Amor es aquella en la aparentemente se interrumpe la narración para mostrar un serie de cuadros, que hemos vistos sin ver como decorado del apartamento. La observación de las pinturas supone un cierto alivio con respecto al horrible espectáculo que Georges y Anne tienen que vivir, así como señala un punto en que Georges también se irá internando en su propia degeneración. El arte consuela, mas no evita el inevitable deterioro a que su protagonista se ve abocado, digo yo también interpretando.


Con el avance progesivo de la enfermedad y del deliro viene el hastío. El encierro multiplica a los monstruos, al punto de que ya no habrá manera de soportarlos. En Amor, más que nunca, Haneke se ha decidido a acercarse a sus personajes, a compartir sus penas, y las soberbias interpretaciones de Riva y Trintignant nos hacen compartirlas. La justificación a sus decisiones se relaciona con esta aproximación por parte del director. No significa esto que por ello Haneke desvíe en el más mínimo sentido su trama. La agonía habrá de sobrellevarse, Georges deberá sufrirla sin amparo, y la muerte llegará al final. Todos los personajes se muestran huérfanos, y sobre todo Eva, quien cuando la película termina recorre las estancias vacías del apartamento ya deshabitado de sus padres. La última imagen deja a Eva sentada en un sillón en una de las dos habitaciones mirando un panorama oculto. Haneke casi que hace explícita la desolación por medio de la composición de sus planos.


Haneke decía que filmaba para cuestionar aquello que se cree conocer. Amor consigue esto espléndidamente. Es una cinta terriblemente emocionante, una mirada a aquello que suele estar escondido, pero es inevitable. Nadie escapa al final. Haneke sabe además combinar una mirada lúcida y desnuda frente a la desolación de la agonía con la mirada delirante de quien ha sufrido las consecuencias de ver a quién ama viviéndola. Amor es una brillante pieza de cámara que se atreve a ampliar nuestra mirada tan acostumbrada a pasar por alto por los traumas. Haneke es inflexible, después de Huppert vienen los créditos y el silencio. No hay que añadir ya nada. Lo que hay que aplaudir al cine de Haneke es que se mantenga fiel a su idea de uno para cuestionar nuestras certezas, ya que mucha falta nos hace.





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